lunes, 8 de enero de 2018

...Y los Reyes Magos espolvorearon de nieve la Barrosa

 
Justo cuando estoy al otro extremo del planeta, contemplando el mar bajo la luz cegadora del trópico, no puedo resistirme a publicar esta entrada de mi último día en la Barrosa: la nieve cubriendo lentamente el jardín, inventando el paisaje de nuevo, construyendo sutiles geometrías con los arriates, diluyendo el color de las hojas y las manos huesudas de los árboles. !Que tendrá la nieve que siempre te recuerda la infancia y te llena de nostalgia, ahora que cada vez es más escasa!.
 
Dicen que en invierno se ven los huesos del jardín y no hay nada como la nieve para exponerlos con su fría geometría. Espero que siga cayendo mucha nieve durante todo el invierno aunque yo no esté ahí para verla. La nieve es la mejor noticia después de un año de extrema sequía. Es una promesa de abundancia para la primavera, sin duda. Y un excelente regalo de mis Reyes Magos.
Aquí os dejo unas fotos, las ultimas durante un tiempo.



Al Sedum palmeri se le ponen rojas las manos del frío.


Este Acer palmatum Sango kaku también se ha puesto morado de frío.



Los peces sobreviven al frío sin problema.









Brezo y Evonimus.



lunes, 1 de enero de 2018

Jaisalmer, la perla del desierto. India 1994



Cenotafios en las afueras de la ciudad.
Jaisalmer, la ciudad dorada a las puertas del desierto del Thar es uno de esos lugares que parecen sacados de un cuento de las “Mil y una noches” y cuando yo la visité en aquel viaje a la India de 1994 era uno de los lugares más apartados del mundo donde uno podía dar con sus huesos. ¿Realmente merecía la pena?. Tan solo el viaje de 24 horas en un tren que no había cambiado nada desde la época del Imperio británico te dejaba extenuado. Eso sí, recuerdo que viajé en primera clase, en una cama cubierta de mugre y con un ayudante que pasó la noche en el suelo, a la puerta del compartimiento. Así era la India entonces.
Palacios en torno al lago Gadi Sagar.
La ciudad, en realidad un fuerte construido sobre una colina de roca amarillenta y rodeada por una espesa muralla, apenas había cambiado desde hacía siglos  pero parecía casi vacía. Casi como si la hubieran abandonado sus habitantes. Exceptuando en el mercado apenas se veía a nadie. Los palacios y los templos parecían deshabitados. El precioso lago que la rodeaba estaba muy mermado y tan solo las cabras y las vacas parecían mantener un atisbo de actividad. El calor era tan extremo que te dejaba en estado de shock y sin ganas de hacer nada. Apenas había una docena de turistas caminando por las calles con los ojos semi cerrados, arrastrando los pies y sudando a mares. Todavía no se habían reconstruido y abierto al publico los “havelis” (palacios de familias nobles que hoy son la gran atracción de la ciudad) y el gran Palacio del Maharaja estaba cerrado o en reconstrucción. No había gran cosa que hacer más que mirar las preciosas paredes-celosía de sus palacios y casas y pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Tampoco había que poner mucho empeño para imaginar esta ciudad en su máximo apogeo, con decenas de caravanas de camellos parados ante sus murallas y cargando mercancías antes de emprender la ruta del desierto del Thar en dirección al Oriente Medio y a Europa.

Cabras pastando cerca del lago Gadi Sagar.  Abajo vista de la ciudad fuera de las murallas.
 
 
 
El fuerte de  Jaislamer fue construido por Rawal Jaisal en el siglo XI que instaló allí su dinastía durante varios siglos. La ciudad fue destruida en gran parte por el sultan de Dheli en el siglo XIII y permaneció abandonada durante un tiempo. Reconstruida de nuevo por la dinastía Rawal y tras numerosas batallas con jefes afganos paso a formar parte del Imperio mogol de Sha Jahan, el constructor del Taj Mahal, en el siglo XVII. Estaba claro que la ciudad hacía tiempo que había caído en decadencia ya incluso durante la época del imperio británico.  Hoy en día tiene unos 70 mil habitantes y he leído que en los últimos 15 años el gobierno Indio de Rajastan, el estado al que pertenece, ha hecho milagros para revivir de nuevo la ciudad y convertirla en un gran centro turístico renovando sus palacios y templos y poniendo de moda los safaris al desierto, y hoy en día el turismo es una parte importante de su economía.
Al segundo día de estar en la ciudad convencí a un muchacho belga para organizar un viaje por el desierto en camello durante tres días. Sin duda era lo mejor que se podía hacer. Tres días tragando arena bajo un sol de plomo y durmiendo al raso. Al menos en el desierto refresca durante la noche. Ni siquiera sabíamos que nos íbamos a encontrar con un mercado de camellos en pleno desierto ni que solo comeríamos verduras y té, ya que el hombre que habíamos contratado y que apenas hablaba dos palabras de inglés, era jainista y por lo tanto estrictamente vegetarianos. Al segundo día intenté convencerle de que compráramos un cordero a un pastor que encontramos en el camino y nos amenazó con dejarnos solos en medio de la arena. Durante el trayecto paramos en varios pueblos y oasis con bastante vegetación y vimos varias ruinas y monolitos que marcaban la ruta de la seda. Fue un viaje duro. Regresamos con un par de kilos de menos pero en la India nada se consigue sin sufrimiento, diría yo. Y si alguien piensa que ir montado en un camello durante ocho horas puede ser divertido le aseguro que no. Nunca he visto una montura más incómoda. A la tarde te duelen todos los huesos del cuerpo y preferirías mil veces caminar que volver a subirte de nuevo a ese animal, pero no queda mas remedio y tampoco será la única vez. Volveré a viajar en camello en otras ocasiones y a renegar de ellos.
Un camello transportando niños de fiesta.

Aprovecho para despedirme durante un tiempo. Ha llegado mi época de viajar a algún lugar más cálido y dejaré de poner entradas durante un par de meses. Cuando vuelva seguro que tendré más aventuras que contar.
Palacio del Maharajá Majal.

Pabellón de piedra-celosía del palacio del maharajá.
 
Los edificios construidos en piedra arenisca son de una sombrosa perfección.
Las celosías de piedra permiten circular al aire dentro del edificio. La coloración de la piedra cambia según la hora del día.


 Una calle de la ciudad
 
Montando nuestra pequeña caravana al lado de un oasis en las afueras de la ciudad.

Mi compañero Alan, el camellero y su hijo en un descanso.

Visitando uno de los pueblos del camino.

Dos mujeres vestidas como princesas en busca de agua.
Yo con una familia.


Una niña moliendo trigo.

Vestida de amarillo.
Buscando la sombra para comer.  Abajo mi camello Paco echando un bocado.


Visitando las ruinas de un palacio abandonado.

Cabras a la sombra de un mirador.

Niños cuidando un rebaño.


De camino al mercado.
Mercado de camellos en medio del desierto.


En los mercados se come, se bebe y se canta también. Abajo una orquesta.


 Mas escenas de camellos: bebiendo en un charco.


 Acampando al lado de un matorral.




Cruzando una parte muy verde. No todo el desierto es arena.


Regreso a la ciudad y fin del trayecto.
 
Vista actual de la ciudad de Jaisalmer tomada de Internet.